viernes, 21 de septiembre de 2012


CRISTAL Y PAPEL

Vivimos rodeados de cristal. Las computadoras, tabletas, televisiones, teléfonos, videoconsolas, libros electrónicos, rodean nuestra existencia. El genial Cervantes, en un anticipo involuntario, señaló en El licenciado Vidriera la condición humana posmoderna. Ese cuerpo de vidrio, transparente, frío, alérgico al conflicto, vulnerable, de agudas aristas y dominado por miedos. Es inevitable no concebirnos sin el cristal, pero, como con cualquier materia, como el papel, no es más que un soporte imprescindible para los sueños, ideas, ilusiones e incluso desengaños.
Algunos fabrican combates artificiales y dañinos. Pero la cultura no puede reducirse a una simplona competición de soportes. ¿Dónde puede residir el fondo del problema? Hoy nos enfrentamos a la impaciencia de consumidores fugaces y poco propensos a la reflexión sosegada, al escaso tiempo del individuo contemporáneo, incluso a esa vulgarización de la cultura, que no democratización, que ofrece libros a bajo precio entre la salsa de tomate y la mortadela. Seguramente el futuro no se encuentre entre los saldos, catálogos sin criterio, la extraña asimetría entre ilustraciones y textos, el predominio de la cantidad sobre la calidad, gramajes ridículos, papeles rugosos con transparencias impresentables, tintas sin fuerza, portadas aburridas y erratas imperdonables. 
Tal vez nos ayuden las olvidadas fuentes tipográficas que se nos ofrecen en cualquier programa informático. Ese poder reconocer los sutiles matices que se esconden entre astas, serifas, anillos, alturas e inclinaciones. Comprender la lógica que subyace en el salto intelectual de los imperiales tipos ITÁLICOS o ROMANOS, con sus severas mayúsculas, a la oscuridad y espesura de las monásticas letras góticas. De la superación de la noche medieval expresada en el tipo veneciano o el longevo reinado del tipógrafo Garamond. De la monarquía decadente de la romain du Roi. El auge burgués con las bodoni, el incipiente poder yanqui con sus roman y new gothic, la innovadora bauhaus con su universal, las eficaces helvéticas, la mecanográfica Courier, y, ahora, la ruda simpleza cibernética de las verdanas, tahomas, arial, times new roman, y otras.

Entender esa evolución es entender el libro. Comprender su historia, su presente y su futuro. Amar el libro. Imaginen por unos segundos que dejamos de quejarnos por tanta agresión tecnológica y caída en ventas, que nos negamos a culpar a los lectores que abandonan o nunca lo fueron. Que demostramos nuestra intolerancia al torrente de palabras mal editadas, sean en el soporte que sean. Imaginen por unos instantes que somos capaces de unirnos para defender el libro. Sueñen por un instante que todavía es posible, serán mucho más felices


Autor: Algón Editores

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