jueves, 14 de noviembre de 2013

DEL CUBALIBRE AL TÉ, UN VIAJE POSMODERNO

Tengo treinta y ocho años y es posible que no sea nadie. No he hecho nada trascendente, no soy popular, carezco de grandes oportunidades y mi sueldo no llega a los mil euros mensuales. Pero no siento que haya fracasado. Quiero decir que, con mi edad y con mi sueldo, vivir en el centro de Madrid, más que un fracaso, me parece una proeza”. Uno de nuestros escritores preferidos, el inefable Rafael Sarmentero, pone esta descripción autobiográfica en boca de uno de los protagonistas de su última novela, Malasaña Chai Tea, que también afirma ceremonioso que “no importa lo que hayas conseguido en la vida: tarde o temprano aparece la persona que juzga tu conquista como un fracaso”.

Los Estados Unidos de América fabricaron para solaz de la humanidad a Tony Manero, aquel joven neoyorquino que consumía sus días laborables como dependiente de una tienda de pinturas, pero que al llegar el fin de semana se convertía en el amo de la discoteca Odisea 2001, donde brincaba frenético con cuellos de camisa y perneras de pantalón tan imposibles como inverosímiles, mientras su cabello permanecía incólume gracias a dosis masivas de fijador de pelo. Una cenicienta masculina para los años 70, que sólo era importante cuando reinaba en la discoteca, mientras su hermano cura dejaba de serlo, su compañera de baile lo rechazaba como amante, pandillas callejeras aún recurrían a las navajas para sus disputas y el éxito social se consumaba en unos segundos de gloria efímera debajo de una bola de espejitos colgada de un techo invisible. Gracias a Sarmentero, España ya cuenta por fin con su propio Tony. La escopeta nacional da paso, por fin, al mileurista de barrio urbano como símbolo posmoderno de la España actual. Un héroe armado con una bolsa de té, que afirma solemne que “la sociedad quiere que juegues con sus reglas. Pero tú te resistes. Entonces encuentras la solución: hacer trampas”. Un engaño tan simple y a la vez tan antisistema como un desdoblamiento de personalidad. Algo tan inquietante y poco distinguido como vivir dos vidas paralelas mientras se paga a la hacienda pública por una sola y exigua renta salarial. Una forma de rebeldía frente a la clásica teatralidad social del fin de semana, una disidencia contra la hipnosis idiotizante de series de televisión ahítas de enigmas y ríos de sangre virtual. Una némesis social que cambia el baile discotequero por una ansiosa conservación de lo que se consigue gracias a un trabajo de mierda, enterrando así las viejas proezas de seducción y apareamiento de los sábados por la noche, inventados para olvidar la insoportable levedad del ser, de lunes a viernes.


George Steiner, en su libro En el castillo de Barba Azul, habla de una especie de gas de los pantanos, un aburrimiento, un tedio, una densa vacuidad, en los extremos nerviosos cruciales de la vida social e intelectual. También escribió que medimos nuestro actual frío teniendo en cuenta nuestros recuerdos de aquel gran verano. Como aquel ya olvidado, en el que los políticos y filósofos hablaban de un futuro mejor por venir, mucho antes de que eso fuera un privilegio exclusivo de propietarios de empresas de cacharrería informática. Hoy, gracias al libro de Sarmentero, sabemos que “58.000 palabras, 296 tés, un alquimista charlatán, una exnovia neurótica (¿o era bulímica?), un golfista vestido de luto, un antiguo (y estúpido) compañero del club de tenis y, por supuesto, un detective que no es detective en el barrio más singular de Madrid: Malasaña”, permiten destripar un presente lleno de trampas que aún está por explorar y en el que la vida debiera ser algo más que un salario basura que no alcanza ni para un pisito de barrio. Una realidad que sigue obligando a inventarse fiebres posmodernas de sábado noche siete días a la semana para sobrevivir. Porque, como él mismo escribe, en la vida sucede así con todo: lo importante es la historia. No lo que ocurre, sino lo que cuentas, porque desde los tiempos más remotos, el que manda es el que cuenta la historia. Y mentir y decir la verdad son equivalentes, siempre y cuando sepas mentir bien.



Algón Editores

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