miércoles, 6 de febrero de 2013

EL REY DEL APARCAMIENTO


Una columna vertebral con escoliosis y una calavera bastante perjudicada han servido para que la trágica figura del malvado rey Ricardo III regrese al presente, con vulgar humanidad, bajo los escombros de alquitrán y asfalto de un estacionamiento municipal. La BBC lo ha llamado así en un reportaje, el rey del aparcamiento, en un evidente alarde de imaginación descriptiva. Era tan poderosa la evocación a la que esos despojos humanos invitaban, que el recuerdo de aquel monarca cruel, cuyo cuerpo y cadáver fueron antaño humillados, y que ganó la inmortalidad gracias a los dedos manchados de tinta del genial Shakespeare, que este acontecimiento inesperado merecía una glosa más elaborada.

Ya que hablamos de muertes, historia y monarquías, hubiera sido más útil al avezado reportero haber conocido el verso emocionado de Jorge Manrique. En una de las estrofas de Las coplas por la muerte de su padre, el poeta sentenciaba que “esos reyes poderosos que vemos por escrituras ya pasadas, con casos tristes, llorosos, fueron sus buenas venturas trastornadas; así, que no hay cosa fuerte, que a papas, emperadores y perlados, así los trata la muerte como a los pobres pastores de ganados.

En estos tiempos tan espesos se pueden ver cadáveres regios en vulgares espacios municipales,al igual que se sabe de reales duques, privados por el pueblo de un simple rótulo en una plaza que recuerde su noble título. Ya advertía Jorge Manrique que “¡por cuántas vías y modos se pierde su gran alteza en esta vida! Unos, por poco valer, por cuán bajos y abatidos que los tienen; otros que, por no tener, con oficios no debidos se mantienen.

¡Adónde vamos a llegar!. Menos mal, como nos enseñan el docto verbo de Ángel Gallego y las bellas ilustraciones de Miguel Carini, en el libro De reyes y reinas, que contamos con colosales dificultades legales para acabar, en nuestro país, con la tradición sanguínea como garantía y recurso de herencia poderosa. Tanta espesura será obra de nuestra plebeya condición, que nos nubla el juicio y nos provoca, como escribía Shakespeare en El mercader de Venecia, que esa armonía de los seres inmortales, mientras nuestro espíritu está preso en esta oscura cárcel, no la entiende ni percibe. Por eso está más de moda la televisión que los libros. Ya me dirán ustedes, ¡para qué pasar malos ratos entendiendo, con lo que bien que se pasa con las crónicas de entretenimiento!. Pobre Ricardo, rey difunto del aparcamiento municipal de Leicester. 


Autor: Algón Editores

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