En
la novela distópica de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, los bomberos tienen la misión de quemar libros por orden del Gobierno,
porque su lectura mostraría a los ciudadanos que eran diferentes. Destruyendo
todos los libros, el Gobierno pensaba que los ciudadanos serían forzosamente felices
al considerarse iguales y así no cuestionarían su poder. En otra curiosa
historia, en una de las películas del planeta de los simios, un personaje
virtual encerrado en una pantalla memorizó los libros clásicos para narrarlos
oralmente y así evitar la desaparición de sus contenidos tras una violenta extinción
de la civilización humana. Décadas después de estas distopías, y como diría el
conocido personaje de los dibus, “¿qué hay de nuevo viejo?”.
Por lo pronto el cierre de mil librerías en
nuestro país el año pasado, mientras que la revista The Economist nos cuenta
que, en menos de 5 años, el 80% de la población contará con un smartphone, lo
que sin duda es un proceso “igualitario” global irreversible que hará a todo el
mundo más feliz, pero probablemente no más culto. Además, el polémico e inquietante debate administrativo
en los Estados Unidos sobre el carácter de servicio público de internet. Y también
unas declaraciones de Vinton Cerf, vicepresidente de Google, sobre lo que él
llama el “agujero negro de la información”, la desaparición irreversible e
inevitable de millones de textos, imágenes o canciones que hoy navegan por la
red, y que condena al olvido sucesivos momentos históricos. Sin duda una tragedia,
no sé cómo viviremos sin una gran parte de esa esplendorosa enciclopedia
contemporánea que reúne millones de imprescindibles entradas con 140 caracteres,
o los brillantes textos acompañados de ese democrático “me gusta”.
Tal
vez, después de décadas de sucesivas distopías, y a la vista de los más
recientes acontecimientos, habría que recuperar el viejo concepto de entropía.
Sí, ese olvidado segundo principio de la termodinámica, que explica que si se
tira un vaso de cristal contra el suelo tenderá a romperse y esparcirse,
mientras que es imposible que el vaso se construya por su cuenta cuando se
arrojan al suelo trozos de cristal. Mientras nos distraen con una falsa
controversia entre lo real y lo virtual, lo tangible y lo intangible, o como
dicen los más finos, entre el bit y el átomo, el verdadero problema reside en los
soterrados efectos de una descarnada y tecnológicamente descompensada guerra global,
que se está librando entre las débiles fuerzas del sentido de lo histórico y lo
reflexivo, frente a las emergentes y poderosas de lo efímero e inmediato. Cierran
cientos de librerías mientras se venden millones de teléfonos, perdemos memoria
digital al mismo tiempo que desaparece la analógica, consumimos alegremente sin
un verdadero sentido del coste social mientras despreciamos la cruda realidad
de un proceso económico global esencialmente entrópico. Un panorama tan dudoso como
el de aquella escena de la película del planeta de los simios, cuando dos de
sus protagonistas humanos se decían: “tenemos
agua y comida para tres días”, “pero ¿cuánto dura un día?”, “buena pregunta”.
Autor: Algón Editores