jueves, 27 de junio de 2013

DOS OJOS SOLITARIOS

Dos ojos femeninos solitarios y enigmáticos desahuciados de rostro alguno, inexpresivos y sólo matizados por dos labios aéreos de un rojo violento, suspendidos sobre una noche azul que coronaba el skyline de una ciudad luminosa, ardiente, festiva, como un genial zaguán estético para uno de los mayores éxitos literarios de todos los tiempos. Aquella portada de la primera edición del Gran Gatsby, del año 1925, sedujo, atrajo, incomodó e incluso hipnotizó a miles de compradores que adquirieron aquel libro mágico, bello, tan mítico como anticipatorio. Un estudioso de Fitzgerald escribió que aquella ilustración se hizo antes de estar el libro terminado, porque el escritor y el pintor trabajaron juntos para crear una de las imágenes más brillantes de la literatura americana del siglo XX. Una tesis polémica, al recordar aquellos famosos pasajes referidos al enigmático anuncio publicitario del oculista T.J. Eckleburg, en el que unos ojos escrutadores, fríos, inanimados, encerrados en unas lentes amarillas flotantes y también sin rostro, parecían vigilar las intensas idas y venidas de los protagonistas de la novela, contraponiendo la severidad de su mirada con la frivolidad y exceso de aquellos locos años 20.

El ilustrador de aquella famosa portada fue un español, algo que muy pocas personas saben o recuerdan. Un creador que fue mucho menos famoso que su hermano, que consumió su vida rodeado de estrellas mientras amenizaba con su orquesta las noches de Hollywood y Las Vegas. Lo cierto es que se ha escrito muy poco sobre Francis Cugat. Un personaje olvidado y sobre todo sepultado por la fama de su hermano Xavier. Un artista al que la vida le llevó desde su España natal a Paris, Cuba, América del Sur y Estados Unidos, donde colaboró en 68 películas de Hollywood y trabajó para Douglas Fairbanks como diseñador.

Una historia de una portada tan bella como inspiradora. Porque para un editor que goce con el arte de editar no hay esfuerzo más mágico, y también difícil, que pensar, buscar, dudar y decidir sobre una cubierta para un libro. Algón tiene el privilegio de contar con un gran artista con una vida no menos apasionante, que también le ha llevado a los dos lados del charco, y con una obra que ha recorrido los tres grandes continentes. Todos nuestros libros han sido un ejercicio de reflexión y creación, que ha perseguido integrar obras de arte en un mensaje que sintetice o inspire el contenido del libro que se edita. Miguel Carini ha sido y es muy generoso al permitirnos integrar su obra entre palabras, nombres, logos y diseños, mostrando así su pasión por los libros. Fitzgerald y Cugat pensaron en unos ojos sin rostro para explicar el exceso de una época, mientras Carini ha entregado sus mariposas y flores cuando las ha pintado sobre ese bello rostro de Jaruko fotografiado hace más de 80 años, o esa genial y oportuna rayuela, en el libro de Raúl Baltar sobre El arte de ser humano, que abre una puerta simbólica a ese juego que retrata la propia vida, o como esas poderosas imágenes que de un vistazo nos han transportado a la extraña lógica del poder, a las alambradas de las prisiones, a los rostros humillados, a la sangre de la guerra o aquel sabio apesadumbrado por los errores del ser humano.

Por desgracia, hoy abundan los libros mal editados, las reediciones de clásicos, los libros mal escritos, las ausencias tanto de autores noveles como de los riesgos editoriales que anhelan el reconocimiento de las minorías. Es la tragedia silenciosa de un mundo mágico que se desmorona por la esterilidad de un pueblo que no llora por su cultura en tiempos de crisis. Un mundo cuyos límites son siempre dos ojos solitarios, esos que releen mil veces las palabras cuando se crea, que se gastan a cada trazo de un pincel, que escrutan con pasión las propuestas para editar, que leen atentos para corregir, que vigilan para imprimir, que invitan para vender o que leen para vivir. Porque amar un libro, ser parte de su historia, de su vida, en todo el recorrido que va desde que se imagina hasta que se lee, es admitir la escasa importancia del éxito individual si no se alcanza el logro colectivo, porque la realidad no es otra que aquella de los versos de José Agustín Goytisolo, cuando escribió que Nunca la paz o el sueño/que tenga usted/serán como el gran sueño que tuvo él.

Autor: Algón Editores



jueves, 20 de junio de 2013

VICIO Y CULTURA

El público se quedó de piedra cuando al subir el telón más de trescientas personas,  bailarines, músicos y tramoyistas, impidieron el inicio de la opera Aida mientras desplegaban pancartas de protesta contra los Hermanos Musulmanes. El director de la orquesta de la Ópera de El Cairo leyó al público un manifiesto exigiendo la dimisión del ministro de cultura, mientras el público aplaudía con fervor cada una de sus palabras. Aquí algunos se escandalizan porque unos recién licenciados niegan el saludo a un ministro, mientras por esos lares se manifiestan con esa energía colectiva y anuncian huelgas indefinidas. Más allá de los sucesivos ceses de responsables culturales promovidos por el nuevo gobierno, algo no tan extraño en otras regiones geográficas más cercanas, el colmo ha sido la intención anunciada por los ultraconservadores de cerrar la compañía de ballet, porque consideran que es “un arte del desnudo que promueve el vicio”. Si es que esto de la cultura cada vez más tiene algo de vicioso, porque sea en el lejano Egipto o por tierras más próximas, es difícil entender tanta vocación y penuria en cualquier oficio relacionado con la cultura, ante esa guerra desigual que mantienen contra ese prolífico celo administrativo que alienta la extinción, ambientado en una formidable indiferencia colectiva.  

La ópera suspendida por la huelga era Aida de Verdi, una historia de celos, guerra, pasión, conquista, traición y muerte. Algo bastante común y cotidiano en el mundo de la cultura. Como le pasó a la protagonista de Fotografiar la lluvia, de Lluvia Beltrán, que por perseguir una instantánea de algo tan inasible como el agua que se precipita desde las nubes, se ve acosada y amenazada por un indeseable, con un trasfondo de pasiones y aventuras que invitan a la vida. Es que eso de capturar imágenes se ha vuelto un oficio peligroso, porque en estos tiempos retratar la vida resulta un esfuerzo más que ingrato. Es lo que tiene dedicarse a la cultura.


Dado que la palabra Aida es un nombre femenino árabe que significa visitante o regresando, ese Verdi que ahora retorna como un invitado imprevisto de una huelga en defensa de la cultura, la razón, la dignidad y contra la estupidez institucionalizada, resulta de una belleza arrebatadora. Ese Verdi compositor del Va Pensiero, el coro de los esclavos del Nabucco, y sobre todo de aquel Himno de las naciones que integró los himnos italiano, francés, inglés y norteamericano, en un mestizaje políticamente incorrecto, hoy regresa para una comedia del arte sin máscaras. Pongan un rostro conocido contemporáneo al Arlequino, al Dottore, a Pantaleone, a Scaramouche, a Pierrot o a Polichinela, y verán lo poco que hemos cambiado. Ahora que Aida lucha contra la brigada anti-vicio, Verdi regresa para denuncia de tanta estupidez concentrada y la Comedia del Arte vuelve para parodia de tanto ilustre, ya se puede confirmar que la cultura es un vicio, porque fotografiar la realidad no es actividad apropiada para gente que gusta llamarse de orden.  

Fotografiar la lluvia http://lluviabeltran.com/

Autor: Algón Editores

jueves, 13 de junio de 2013

VIBRACIONES Y FILAMENTOS

A un importante grupo de físicos le merodea estos meses una idea radical y turbadora, tras el fascinante descubrimiento del bosón de Higgs el año pasado. Años de conocimiento científico e incluso siglos de guerras, leyes, gobiernos, religiones e ideologías, pueden estar asomándose al borde del más absoluto sinsentido por una discreta sospecha que crece en el seno de ese descubrimiento científico. Tras extraños resultados de numerosos experimentos realizados en las últimas décadas, el reciente encuentro con esa partícula elemental está invitando a esos científicos a pensar seriamente que el Universo no tiene sentido. A su juicio, lo más probable es que las llamadas leyes de la naturaleza sean los efectos de cambios aleatorios, incluso caprichosos y arbitrarios, en el tejido espacio tiempo. Una realidad sorprendente, si además le unimos la polémica teoría de cuerdas, que sostiene que las partículas materiales aparentemente puntuales son en realidad estados “vibracionales” de un objeto extendido más básico llamado “cuerda” o “filamento”.

Ayer jueves, 13 de junio de 2013, la portada del Financial Times nos informaba de las tarifas de datos humanos para el reputado mercado global de bienes y servicios. Tras la penosa noticia de la Administración Obama hurgando en los cubos de basura digital de media humanidad, ahora sabemos, gracias a ese periódico, que podemos obtener por unos 85 dólares un listado de personas, con nombres y apellidos, que quieren identificar a sus padres o que acaban de comprar una casa; o una relación de seres humanos con sus datos de edad, género y residencia, que se puede conseguir por unos módicos cincuenta centavos por persona. Incluso un censo de individuos con graves enfermedades que puede obtenerse por la accesible cifra de 260 dólares. Hoy las sofisticadas computadoras se agitan alborozadas gracias a esos millones de datos personales, conectadas por invisibles hebras que transportan billones de privativas informaciones. Un espacio y un tiempo en el que la exhibición y la vulnerabilidad personales han dejado de ser noticia, para mayor gloria de un ecosistema poblado de víctimas ignorantes y propiciatorias para unos mercados refinados y efímeros, discretos y asimétricos. Un mercado persa planetario, sometido a una necesidad biológica insaciable de datos, pautas, recurrencias y dispersiones estadísticas, para poder afirmar su propia vigencia. Ahora que ya sabemos que no somos particulares materias puntuales, en esta realidad tan aleatoria como caprichosa, es para tirarse de los pelos descubrir por fin cuánta mentira se ha camuflado, siglo tras siglo, en uniformes, discursos, hábitos, lanzas, columnas, banderas, flechas, estatuas, cañones y proclamas, para acabar reptando por las redes como vulgar alimento de fibras trepidantes a golpe de vulgares hipotecas y un sin número de frustraciones cotidianas.

La vida debería ser algo más que eso, ahora que el Universo nos enseña nuestra humildad existencial. Por eso hay que sospechar de la virtualidad última de esos millones de datos que hoy nos gobiernan, mientras no demuestren que también han incluido en sus cifras a esos que nunca leyeron a Cortázar, o aquellos que no lloraron con la muerte de madame Butterfly, que tampoco suspiraron ante la belleza de una Venus, que nunca gozaron con la mirada fascinada de un niño que oía de sus labios un cuento, de aquellos que jamás se emocionaron con los filamentos vibrantes de poderosos versos, párrafos, rimas, viejas melodías, proezas extraordinarias y aventuras imposibles. Hay que sospechar, tras descubrir que el universo no tiene sentido y que las leyes de la naturaleza no son sino resultado del azar, del desprecio del ser humano al prodigio de la inteligencia para vivir mejor que sus antecesores. Sospecho, por fortuna, que no va ser fácil librarse de tanta sospecha, mientras todavía alguien sea capaz de encontrar pequeños tesoros que están al alcance de cualquier mano, moderando la importancia de esa masa de noticias superfluas que navega impunemente, entre piratas impresentables y patéticos poderes, tras la tecla que se obstina silenciosa frente a su dedo. Bendita sospecha íntima y particular, que permite respirar entre tanto sinsentido universal, de todos aquellos que aman, imaginan y sueñan, haciendo algo tan solitario, radical y por desgracia minoritario, como gozar de ese universo consentido en las páginas de un libro. ¿Quiénes serán todos esos desgraciados que se perdieron la felicidad mientras vivían conectados?

Autor: Algón Editores


viernes, 31 de mayo de 2013

PÁGINAS EN BLANCO


Que un libro refleja la vida se evidencia en la expresión cotidiana “pasar página”. Ese dejar atrás lo que fue para aventurarnos en lo que podrá ser. Aunque el filósofo francés Michel Serres dijo que no existimos sin un relato de nosotros mismos, ahora más que nunca es oportuno preguntarse si estamos ante un relato por escribir o ante la fatalidad de un montón de hojas en blanco por delante. Porque convendrán que los tiempos actuales parecen empeñarse en someter al homo sapiens a una impúdica desnudez, precariamente camuflada por funestas regresiones históricas. Este siglo XXI en el que la humanidad sigue siendo vulnerable al problema de la supervivencia, especialmente agravado por una estupidez en forma de obligaciones y cargas superficiales, que aparecen ridículamente como imprescindibles para sostener un cierto decoro de ciudadanía.

Serres escribe que estamos ante una nueva humanidad, a pesar de que las nuevas tecnologías sean demasiado antiguas en sus objetivos y alcances, y extraordinariamente nuevas en sus realizaciones. Precisamente en un momento en el que el conjunto de las ciencias ha dado lugar a un gran discurso, que se desarrolla como un río que constituye actualmente el fundamento de nuestra cultura. Una nueva situación que como advierte este filósofo no está definida por el éxito de lo virtual, porque todo ese actual ingenio desplegado palidecería ante el virtuosismo del teorema de Pitágoras o invenciones como el número 0. Igualmente virtual que aquel hilo invisible que en el pasado ligaba la realidad del ser humano con su vocación de soñador de futuros. Como esa extraordinaria coincidencia de los numerosos relatos en los que abundaban los rebeldes como protagonistas, como Guillermo Tell, Ivanhoe, D´Artagnan, Peter Pan, el Conde de Montecristo, Robin Hood, Nemo, Tom Sawyer, incluso el Mío Cid, con un planeta ocupado por una mayoría de agricultores que sólo poseían la imaginación como arma contra su realidad. Probablemente nos quede todavía algún rescoldo de nuestro pasado rústico, en esa ensoñación tan habitual como urbana, que asocia liberación con la huida de la ciudad y el refugio de una casa austera, sólo rodeada por el gorjeo de los pájaros y el paso del viento entre las ramas. Hilos virtuales del pasado, en los que habitaba un mal dotado de personalidad reconocible, y cuya desaparición abría las puertas a un futuro en el que reinaría para siempre la felicidad colectiva. Una hilaza que tal vez se rompió cuando el poder dejó de tener rostro, de ser reconocible, visible, agresivo, inalcanzable; para pasar a ser plebeyo, disperso, seductor, cercano, aunque informe.

Pensando en los cantos de algunos pájaros, el problema no proviene de ese empeño en reducir el relato del mundo a una inmisericorde acumulación de párrafos limitados a 140 caracteres. O de la queja de Serres, que hace unos años protestaba porque en las paredes de París había más letreros en inglés que alemanes durante la ocupación nazi. La contrariedad no reside en los formatos, soportes o lenguajes. Los libros, los diálogos, los intercambios de conocimiento, las miradas sabias o cómplices, el mestizaje, encarnan la vida. Por eso hay pasados que habría que entender bien antes de pasarlos con apresuramiento; por eso habría que evitar ese aire de superioridad que gusta de despreciar el poder de la imaginación, de la fantasía, y que además disfruta con la infantilización de las parábolas, las utopías o de las fábulas. Porque la verdadera amenaza crece ante nosotros cuando por delante no hay nada más que páginas en blanco, cuando no se atisba nada más que una fatalidad del vacío tan penosa como insoportable. 

Autor: Algón Editores

jueves, 23 de mayo de 2013

EL PRECIO DE UNA MANZANA


Para ser más precisos, nueve manzanas le han costado a un particular 41,6 millones de dólares, en una subasta celebrada hace unos días en Nueva York. Claro, no son unas manzanas corrientes, porque estas las pintó Cézanne. Ya que estamos hablando de manzanas, el Gobierno francés, por estas mismas fechas, ha anunciado un nuevo impuesto que grave los smartphones, tabletas y demás dispositivos conectados a internet, para poder dedicar más recursos a la cultura, a la defensa de lo que llaman la “excepción cultural” francesa. El ministro del ramo ha declarado que los fabricantes de estos aparatos tienen que ayudar a los creadores con parte de los ingresos obtenidos por sus ventas. En el informe de la comisión gubernamental que apadrina esta iniciativa, se afirma que “es legítimo corregir los excesivos desequilibrios de la economía digital”, aplicando los impuestos no a los creadores, sino al beneficio que se obtiene por la difusión de su obra.

Es sabido que nuestros vecinos tienen amplia experiencia en leyes diseñadas para apoyar la cultura. Como esa obligación de las emisoras de radio de emitir una cuota de música francesa o la fiscalidad especial para las compañías de televisión y distribuidoras de contenidos para la financiación de películas. Ya sabemos que eso de aplicar cuotas, fijar impuestos especiales, apoyar la cultura con recursos públicos, a algunos les produce urticaria por nuestros lares, pero basta con remitirse a la estadística para que cualquier comparación resulte más que incómoda. A esos escépticos interesados yo les recomendaría el fascinante libro Turningon the mind, de Tamara Chaplin. Una obra que analiza la aparición de filósofos en la televisión francesa desde la posguerra y que demuestra la falacia del argumento de que la oferta cultural se ajusta a lo que la gente demanda, porque el enorme interés público en estos programas emitidos en franjas de máxima audiencia, durante más de cincuenta años, lo desmiente radicalmente. Los hechos cantan, a finales del siglo XX, más de 3.500 programas televisivos contaron con la presencia de filósofos, a pesar de la privatización de la televisión de los años 80.

Tamara Chaplin explica que esa complicidad entre filósofos y medios de comunicación hunde sus raíces en las necesidades de una Francia que se pregunta por su identidad como nación y que siente la necesidad de desarrollar un nuevo orden político y económico de posguerra, en el que la descolonización, la modernización y la globalización se integren en un relato de auto-confianza colectiva, en el que debe acomodarse su tradición cultural con su posición en el mundo. Como ella misma dice, “la fascinación de los ciudadanos franceses por su filosofía televisada enlaza de forma inextricable con el conjunto de esperanzas y ansiedades sobre lo que Francia significa en un mundo cambiante”.

Alguien escribió que cientos de millones de personas vieron caer manzanas de un árbol, pero sólo uno se preguntó por qué. Mientras en nuestro país la cultura creativa, la sana competencia, la apuesta por nuevos valores, la independencia intelectual, el pensamiento crítico, la actualización de nuestra identidad cultural, la globalización de nuestras obras y creadores, incluso la resistencia a la colonización cultural, agonizan en medio del silencio colectivo, nos solazamos confiados e ignorantes del verdadero precio de las manzanas que nos rodean, mientras sobrevivimos ufanos y embobados ante esa ley de la gravedad de la que no acabamos de comprender los principios que la inspiran.

Autor: Algón Editores

jueves, 9 de mayo de 2013

CAPTURANDO EL GRAN PEZ


El famoso director de cine que nos hipnotizó con series y películas como Twin Peaks, Mullholland Drive, Blue Velvet o Inland Empire, ha escrito un libro, “Catching the big fish”, en el que relata su método para capturar y trabajar ideas. En esta obra, David Lynch afirma que “si quieres capturar un pez pequeño puedes quedarte en aguas poco profundas. Pero si quieres apresar un gran pez tienes que ir hacia las más profundas. Porque allí, en el fondo, los peces son más poderosos y puros. Son enormes e imprecisos. Son muy hermosos. Yo busco una cierta clase de pez que es importante para mí, uno que pueda traducir al cine. Aunque hay muchas clases de peces nadando por allí abajo. Hay peces para los negocios, peces para los deportes, hay peces para todo. Todo, cualquier cosa que sea algo, viene del nivel más profundo”.

Aguas oscuras como aquellas en la que navegaban los bajeles que surcaron la cuenca mediterránea de aquel mercader toscano medieval, Francesco di Marco Datini, que renunció a vivir con su esposa y a tener hijos por el terror a perder su fortuna. Cuando gracias a una casualidad se encontró su archivo personal en el siglo XIX, entre sus abundantes documentos se encontró su maravillosa correspondencia personal con su amada Margherita. Al final de sus días, Datini, el genial precursor de la banca privada y la letra de cambio, entre otros ingenios mercantiles de su cosecha, se quejaba amargamente a su amada de su trágica vida dominada por el miedo y la renuncia a la felicidad. Recordando a Datini, podríamos convenir que hoy la única victoria perdurable, de las viejas revoluciones del siglo XX, es otro ingenioso constructo de la febril imaginación mercantil, la del crédito al consumo. Ese éxito que extrañamente alojaba en su seno el germen de un tipo nuevo de infelicidad, la ilusión de la libertad como una siniestra fachada de la deuda individual. Un cambio radical que transformó definitivamente las categorías sociales y mejoró las condiciones de vida de millones de personas, pero que al mismo tiempo empujó al ser humano a convertirse en algo diferente a sus antepasados. Cuando parecía que una cierta idea de política había conseguido domesticar por fin a los mercados, la mayoría se deslizaba en una corriente extraña, esa que hacía de cada individuo un rehén de sus obligaciones económicas a lo largo de toda su existencia. Esa que hacía quebrarse a los ciudadanos en la intimidad, materializando una suerte de democracia demediada, una fábrica perfecta de seres infelices y a menudo solitarios, en la que un poderoso anhelo de propiedad privada se confundía con una tímida voluntad de libertad.

Aunque llevamos demasiado tiempo pescando en aguas superficiales, renunciando a los peces de los mejores sueños por evitar bucear donde no se hace pie, siempre queda una última oportunidad. En la película Mulholland Drive el personaje de Betty preguntó “¿alguna vez has hecho esto antes?”, Rita le replicó “no lo sé, ¿lo has hecho tú?”, a lo que Betty respondió “quiero hacerlo contigo”.  

Autor: Algón Editores


viernes, 3 de mayo de 2013

VERGÜENZA Y BANALIDAD


Hace unos pocos días el New York Times publicaba un pequeño reportaje sobre un grupo autodenominado Poetas en Lugares Inesperados. Cinco poetas y una cantante armada con su guitarra, que leen y tocan su obra en un vagón del metro, una plaza, una tienda de comida, un autobús urbano, luchando contra la desidia de viajeros apresurados que esconden su mirada en un periódico o fijan su mirada en un infinito improbable protegidos por sus auriculares, atentos al más mínimo gesto de atención para sentirse reconocidos. Pero poco a poco van consiguiendo pequeñas victorias, como esa ocasión en la que todos los pasajeros se les unieron en un coro imprevisto, o esos temblorosos móviles que cada vez con más frecuencia graban la declamación de un poema para disfrutarlo más tarde en la intimidad o para sorprender a un ser amado. 
Un ejemplo perfecto de los rocambolescos vericuetos que las expresiones culturales contemporáneas han de recorrer para conseguir un público. En esta extraña regresión histórica que estamos viviendo, en el que asistimos a un democrático distanciamiento entre clases sociales y a una educada extinción de la clase media, la cultura parece haberse convertido en una víctima propiciatoria. Podríamos llamarlo el síndrome “del Mesías”, porque la cultura parece haberse convertido en algo parecido al violín más famoso del planeta, el Stradivarius llamado el mesías, que fue donado por una familia al Museo Ashmolean de Oxford con la condición insalvable de que nunca se volviera a usar como instrumento musical y quedara atrapado para siempre en una vitrina. Un violín que ya no es un violín. Como aquellas ruinas arqueológicas que servían de fondo en los retratos de los nobles en el siglo XVIII. La cultura convertida en una excusa comercial, en un producto acumulativo, indistinguible, fácil, común,inhumano, pasivo, autosuficiente, sin intermediarios, abundante, perfecto para un consumo voraz e inmediato. La victoria definitiva del canal de venta sobre el producto.
Un escuálido triunfo mercantil que en verdad resulta pobre, excéntrico, ruidoso, feo e insalubre. En realidad, una guerra asimétrica librada por la extinción del patrocinio público y privado, que enfrenta a un Goliath en forma de concentración internacional de las llamadas industrias culturales; de tolerancia institucional con las cadenas oligopólicas de producción, distribución y consumo; de penosa legitimación de dudosas e interesadas interlocuciones; de impresentable indiferencia ante el cierre de galerías de pintura, pequeñas librerías, editoriales independientes; de abuso colonizador y empobrecimiento de lamentables bestsellers y exponenciales crecimientos de audiencias gracias a la consolación contemplativa de basura en imágenes; frente a ese David materializado en cada creador que compone, escribe o pinta en soledad, en ese editor que invierte en cada obra como si la vida le fuera en ello, en ese galerista que defiende con pasión cada cuadro expuesto en una de sus paredes, ese poeta que declama en un autobús sin más arma que su propia voz y un trozo de papel, en esos generosos francotiradores anónimos motivados por el amor a la verdadera cultura y esos blogueros que no se dejan influir. Esta es la batalla cultural de nuestra época, esa que se alimenta de la falsa creencia de una república independiente de cada casa, gobernada sobre ese puñado de euros que confunde libertad con propiedad, belleza con consumo, conocimiento con ingestión, esa de zoquetes que no distingue entre democracia y mercado,entre vergüenza y banalidad.