jueves, 22 de noviembre de 2012

VOTOS, COCINAS Y CIRCUNFERENCIAS


Por esas cosas del caprichoso destino, en este mes de noviembre hemos sabido que los japoneses nos han vuelto a ganar por la mano a los españoles, proponiendo algo tan osado para este siglo XXI como una ley que permita tener emperatrices y no sólo emperadores masculinos. A eso se le llama innovación, una de nuestras grandes carencias nacionales. En parecido sentido, se ha recrudecido estos días pasados una vieja polémica de la Unión Europea, esa iniciativa que de nuevo propone que las mujeres se puedan sentar en los consejos de administración de las empresas. Esa notable proeza democrática, por la que se puede multar a quien tira una colilla al suelo pero no a quien discrimina por razones de sexo en el puente de mando de una corporación. En una crónica de los años 70, publicada hace pocas semanas en la sección de cocina y bebida del Financial Times, se relataba que la Federación Nacional de Mujeres Republicanas, de los Estados Unidos, movilizó gracias a un libro importantes recursos económicos y votantes en apoyo del inefable Nixon y sus revoltosos chicos. El profundo y apasionante “Libro de cocina para las vacaciones de las mujeres republicanas de la NFRW”. Como nos cuenta la articulista, el recuerdo de un libro que nos devuelve al ideal doméstico de posguerra, en el que los hombres se ocupaban de la política mientras sus esposas les servían galletas de queso. Qué dificultad extraordinaria debe operar en este espeso comienzo del siglo XXI, para que cuarenta años después de aquellas recetas de cocina las mujeres no lleguen a los consejos de administración o puedan ser herederas de una dinastía.

Es probable que el fallo se encuentre en esos progresistas que dormitan hoy ausentes, con falta de pulso, enredados en batallas raquíticas aquejadas de la insoportable levedad del ser. Ese malvivir político en un espacio cerrado, tan limitado y ordenado, como asfixiante y turbador. Como en aquellos versos de Emiliy Dickinson, “parecían no ir a ningún lugar, en una circunferencia sin propósito”.

César Calderón, en su libro “Otro gobierno”, lanza un dardo envenenado cuando se refiere a la izquierda conservadora. Será por ese desfallecimiento que ya no pelea por la falta de libertad de expresión en los medios de comunicación tanto públicos como privados, por la explosión controlada de una sanidad universal digna, por la perpetración de una educación que de nuevo segrega por rentas, por el triste abandono de ideas como la igualdad de oportunidades o el fallido acceso a la justicia por las tasas para ricos. Por eso, a esa geometría política en las que nadan despreocupadas las llamadas fuerzas de progreso, se añade una alarmante y progresiva desafección aritmética. Hoy hablamos de la ausencia de mujeres en el poder real de la economía, mientras la izquierda guarda un sospechoso silencio. Mañana nos lamentaremos de ese no ir a ningún lugar, sin propósito aparente, que ya empieza a ser más que irritante. Mientras despiertan, nos queda por ahora el refugio de las sabias palabras de John Berger, “la esperanza hoy es un contrabando que se pasa de mano en mano y de historia en historia”. Por eso nos gusta editar libros contra la lógica inmoral de nuestro tiempo. 

Autor: Algón Editores

http://algoneditores.es/libros/otro-gobierno


viernes, 16 de noviembre de 2012

EN BUSCA DE LA INSPIRACIÓN PERDIDA


Confucio regresa a China. Ya saben, aquel antiguo filósofo y político chino que hablaba de las ventajas de la buena conducta y un adecuado gobierno inspirado en la caridad, la justicia y el respeto a la jerarquía. No es que su espíritu se haya presentado sin invitación en el aseado congreso del partido comunista chino de estos días, sino que parece que sus enseñanzas vuelven. La revista Bloomberg Businessweek, en un reciente reportaje, citaba a uno de los intelectuales que están impulsando este revival, que afirmaba ufano que “el objetivo de nuestra estrategia no debe ser solo reducir la diferencia de poder con los Estados Unidos, sino también ofrecer un mejor modelo de sociedad que el de los Estados Unidos”.

Un brillante alarde de imaginación inspirarse en alguien que murió hace más de 2.500 años para una pugna contemporánea. Aunque parece algo comprensible, a la vista de la rancia invasión que emana de la vieja Norteamérica. Noticias como el lanzamiento por la factoría Disney de tres nuevas entregas de “La guerra de las galaxias”, junto con esa abusiva re-comercialización de Spiderman, el Capitán América, Los Vengadores, James Bond y Batman, que regresan gracias a inmisericordes liftings tecnológicos, permite sospechar que algo no funciona bien por esos lares. Tanto recurso excesivo a héroes acartonados de la posguerra mundial denota cierto desmayo creativo para este siglo XXI. En qué estarán pensando…

Penando en la vieja Europa, ¡uy, perdón!, pensando en la vieja Europa, uno se devana los sesos buscando viejas referencias. La muerte de Sócrates no es precisamente motivadora. De Drácula o Frankestein mejor no hablar. Tampoco Astérix parece muy útil, esa imagen de aldea asediada al margen de la realidad, que envía de vez en cuando a un par de tíos raros medio drogados a socorrer pueblos sometidos. Nos quedaba Tintín, pero Spielberg nos lo ha levantado para el casting. Otros, como Robin Hood, Ivanhoe, el Mío Cid o Guillermo Tell, son unos rebeldes anti-sistema. Corto Maltés (el medio cordobés que desapareció en la guerra civil española en las filas de las brigadas internacionales), el cruzado justiciero Capitán Trueno o los inefables Mortadelo y Filemón, no sé cómo se las arreglan, pero siempre lo pasan fatal.

En una sociedad donde casi todo se reduce a la ley de la oferta y la demanda, es probable que la culpa de tan espesa actualidad tenga su raíz en la idea de “foco miope del votante”, que se cita en el libro “El neoliberalismo me mata”, de Javier Sánchez. Políticos, economistas, intelectuales, periodistas, editores, consumidores, de medio mundo, hurgando entre las películas del crío o la biblioteca del abuelo para encontrar pistas que ayuden a entender el presente e imaginar un futuro mínimamente decente. Menuda perspectiva. 


Autor: Algón Editores

http://www.casadellibro.com/libro-el-neoliberalismo-me-mata/9788493840747/1987242



viernes, 9 de noviembre de 2012

¿Estás ahí?


Y Qwerty preguntó, “¿en qué bando estás, en el de los que se acaban de levantar o en el de los que todavía no se han acostado?”. En la antigüedad el espacio era más importante que el tiempo. Ahora, tras un breve paréntesis de unos pocos cientos de años de razón ilustrada, por un caprichoso pliegue de la Historia, la morada, el lugar de trabajo, los medios de transporte y comunicación, incluso la precaria cavidad fabricada con cartones de quien no posee nada, recuperan su protagonismo. En esta época en la que se ha consumado el matrimonio morganático entre globalización y posmodernidad, con esa división entre los que están dentro y los que no pueden entrar, cobran sentido las sabias palabras de Fredric Jameson, cuando afirmó que el problema es que está menguando la emoción y que la trama ha sido sustituida por explosiones de imágenes que minuto a minuto rellenan el espacio, con un presente que convierte el pasado en algo fallido e incómodo y el futuro en un presagio de algo malo inevitable.
Un presente tan intenso en esta sociedad del espectáculo que hace desconfiar de ideas como cambio social o modernización y que invita a esconderse miserablemente en un confortable sentido del desastre colectivo. Ese abandono, lo que antes se llamaba melancolía y ahora se llama depresión, define esta sociedad atiborrada de ansiolíticos culturales. Como dijo Vintage, “quizá sea porque la falta de confianza te libera del miedo a defraudar”.
Un chat de dos desconocidos que se regalan confidencias radiografía ese espacio virtual en el que las emociones solitarias se refugian de una cierta idea de colectividad, porque para las personas asomadas a sus ventanas informáticas el espacio es más importante que el tiempo. En ese encuentro distante, amparados en la precaria seguridad de un apodo y el universo previsible de su vida cotidiana, merodea la necesidad de actuar, de encontrarse, de tocarse, de mirarse a los ojos y derribar esa frontera de cristal que les separa, viviendo una sensación temporal que confirme sus existencias, regale una memoria y abra la puerta a un mañana. Es probable que ese chat refleje la forma de vida que se impone hoy. Tal vez, como afirma uno de los personajes de la última novela de Rafael Sarmentero, .-Qwerty Vintage.-“será porque no tenemos la misma idea de lo que es sobrevivir”. Tal vez sea ese el diálogo posmoderno que nos fuerce a la pregunta clave de nuestra época, la misma que se hace todos los días y a todas horas ese individuo sin nombre, escrutando el inquietante parpadeo del cursor con su rostro encadenado a una pantalla, ¿estás ahí?


Autor: Algón Editores

jueves, 25 de octubre de 2012

PROBLEMAS DE PATERNIDAD


El padre de aquella iniciativa nunca pudo imaginarse los enormes quebraderos de cabeza que iba a ocasionarle la idea de levantar un museo sobre la historia de la humanidad, inspirado en las ideas creacionistas. Gracias a su ilusionado impulso, aquella ciudad mediana de la Norteamérica profunda iba a contar con un museo que demostrara a los niños la falsedad de la teoría de la evolución. El problema surgió con un dilema inesperado que jamás se había planteado ninguno de los sesudos teólogos de toda la historia. Uno de los operarios encargados de fabricar las piezas expositivas preguntó si fabricaba unos cuantos dinosaurios para acompañar a las figuras de Adán y Eva. Un simple serrucho, un lápiz en la oreja y un botijo, para acabar entendiendo que no es igual una historia de cartón piedra que una teoría científica.  

Esto de la paternidad parece un asunto difícil. En el libro “La Guerra”, del famoso periodista de investigación Bob Woodward, podemos leer que Bush junior evitó a su padre cuando decidió invadir Iraq. En una entrevista que éste le hizo, Bush le respondió con gesto severo que “él no es el padre al que hay que acudir en cuestiones de fuerza. Hay un padre más alto que él”. Sin duda siempre es mejor contar con tan privilegiado hilo de comunicación, que con los sermones de un padre experimentado.

Gracias a un artículo publicado en El País, hemos sabido del chocante contraste entre Mitt Romney y su progenitor. Mientras éste fue un ardiente defensor de las libertades civiles, un firme enemigo del racismo, un republicano que se negó a apoyar al ultraconservador Goldwater, crítico con la clase política y el funcionamiento taimado de los partidos, su hijo, el actual candidato a la presidencia de su país, ha sido acusado de cambiar de opinión sobre cualquier asunto a golpe de encuestas, de ser un rico sin escrúpulos morales,que, para colmo de amnesia genética, ha elegido a un candidato a la vicepresidencia muy conocido por sus teorías ultraliberales y adorado por las bases del teaparty.


Es el problema de tanto cartón piedra en la interpretación de la historia, en el recurso a la fe para dar rienda suelta a las ideas más peregrinas, en las campañas electorales más obsesionadas en la propia contienda que en ofrecer soluciones, en una clase política dominada por burócratas encantados de conocerse, y en guerras en las que nos embarcan niños malcriados eternamente atrapados en el juego de los marcianitos. Es el problema de no aprender de nuestros mayores y sus sabios consejos. Cuantas fatigas hubiéramos evitado recordando las que sufrieron nuestros padres. Cuánto de esta maldita crisis nos hubiéramos ahorrado con un poquito de atención en los mismos errores del pasado.


Autor: Algón Editores

viernes, 19 de octubre de 2012

¡Otra ronda! ¡Que llenen!


En el lejano oeste los cowboys se lavaban y recibían su correo en los salones donde también se les proveía de alcohol, juego, mujeres y whisky. Una bebida alcohólica era más barata que una taza de té y se bebía una media de 90 botellas con sustancias espirituosas al año por cabeza. Un alcohol barato, tóxico, nada que ver con el actual. Un mundo plagado de seres embrutecidos, pobres, analfabetos y en muchos casos enfermos crónicos. Una situación penosa contra la que se revolvió un puñado de mujeres valientes. Pelearon contra aquel mejunje que destrozaba hogares y condenaba a millones de niños a la muerte, la miseria, la enfermedad y la desnutrición. Reivindicaron el derecho al divorcio para protegerse a sí mismas y a sus hijos de la violencia machista, una educación pública y una sanidad universal, el derecho al voto para acabar con los políticos corruptos, control de calidad de los alimentos, una fiscalidad disuasoria en las bebidas alcohólicas y jornadas laborales de 8 horas con salarios dignos. Pese aquel noble y exitoso empeño, que supuso el nacimiento del movimiento feminista que cambió el siglo XX, miles de metros de películas, canciones pegadizas, novelas apasionantes, incluso comics infantiles, se han conjurado durante décadas para reírse de aquellas mujeres, para ridiculizarlas como histéricas abstemias y asexuales, y para fijar en el imaginario colectivo aquella ley seca, apoyada entonces por millones de progresistas, como un absurdo exceso moralista.

Robert Kuttner, en su libro El desafío de Obama, sugiere que los grandes saltos históricos de la edad moderna se han producido con líderes que inicialmente no tenían previsto esas agendas reformistas. Lincoln y la ley antiesclavista, Woodrow Wilson y el derecho al voto de la mujer, Roosevelt y su New Deal contrario a su propio programa electoral de reducción del déficit público, o el sureño LyndonB.Johnson y sus leyes de libertades civiles. Pero lo más interesante de la tesis de Kuttner, es que esas leyes tan impactantes fueron realidad gracias a un sector de la sociedad que presionaba en cada momento histórico. Una pulsión colectiva de cambio, liderado por minorías motivadas por la denuncia de un pasado superable que forzaron alianzas estratégicas con el poder.

Una pauta histórica que hoy parece improbable, sin líderes ni grupos sociales con la ambición de un cambio histórico, y sin esas alianzas que permitan un atisbo de esperanza entre tanta penuria cotidiana. Hemos vuelto a un cierto embotamiento de los sentidos, aunque ahora saturados de informaciones que no explican adecuadamente la realidad y asustados ante un futuro que por primera vez se promete peor que el pasado. Vivimos en una nube, más bien en las nubes, embobados por placeres efímeros que nos despistan, gracias a bares atascados y cines vacíos, a librerías desiertas y campos de fútbol abarrotados. Es el viejo y nuevo mantra social, ¡otra ronda! ¡Que llenen!


Autor: Algón Editores

jueves, 11 de octubre de 2012

BUSCANDO A WANDA


El filósofo Sloterdijk escribió que “si se ha abierto el suelo bajo nuestros pies es porque estamos obligados a elegir entre catorce tipos de salsa diferentes para sazonar la ensalada”. Es tal el aluvión al que nos someten de información, datos, comentarios, rumores, opiniones, prejuicios, supersticiones y exabruptos, que la verdad de los hechos parece ser un asunto cada vez más huidizo. Ya lo dijo Einstein, como nos recuerda Fred Jerome en su libro Einstein-Israel. Una mirada inconformista, “antiguamente, la gente creía que todas las cosas materiales desaparecían del universo, sólo quedaría tiempo y espacio. Pero según la teoría de la relatividad, el tiempo y el espacio desaparecen junto con todas las cosas”. Las salsas de las ensaladas, gracias a su condición relativa, diversidad y fecha de caducidad, vienen a terminar con más de 2.000 años de desvaríos filosóficos. Por fin podemos admitir sin sonrojo que aquella división que proponía el famoso poema de Parménides, entre la verdad única, revelada, inmóvil y perfecta, y las vulgares opiniones de los mortales, es una broma de mal gusto.

Chrystia Freeland, en el último número del New Yorker, se pregunta por qué los multimillonarios se sienten víctimas de Obama y cita a presidentes de poderosos hedge funds, emporios empresariales y banqueros de inversión, que ven a Obama como la encarnación de Lucifer. Significativamente, nadie se ha referido en las últimas semanas al reñido pulso de Romney contra Obama y la polémica sentencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos de hace un par de años, que “liberalizaba” las donaciones empresariales a las campañas electorales. Por este tipo de preguntas y silencios, echamos de menos a personajes como la periodista Wanda Jablonski, la apodada “reina del club del petróleo”, que supo contar los inconfesables secretos de ese mundo dominado por poderosos dueños de pozos petrolíferos, jets, limusinas, escoltas y mullidas moquetas. O la mítica Ida Tarbell, una humilde maestra aficionada al periodismo local, que consiguió gracias a sus investigaciones que la colosal Standard Oil de Rockefeller se desmembrara y se aprobaran las leyes antimonopolio que aún hoy rigen en el mundo civilizado.

Hablando de la verdad escondida en las ensaladas y sus aliños, es evidente que la teoría de la relatividad tiene una aplicabilidad directa en la política y la economía. Para aquellos que no se benefician de las habituales verdades absolutas, desaparecen el espacio y el tiempo junto con haciendas y expectativas. Echamos de menos a Wanda o a Ida, porque como Sloterdijk escribió “incluso las estupideces más evidentes son repetidas de manera constante por la gente más inteligente”. Decida pronto qué quiere de menú, porque como dijo el viejo Einstein “el hecho de que uno no tenga influencia real sobre el curso de la historia no le libera a uno de la responsabilidad moral”. Voy a ver que me queda en la despensa.

Autor: Algón Editores

jueves, 4 de octubre de 2012

Mercados, espectros y tiburones



Igual que vivir hoy en una sociedad líquida no significa, en principio, que ésta nos vaya a liquidar, algo parecido ocurre con los mercados de colaterales y los daños del mismo nombre, con los mercados de derivados que no significan aparentemente mercados a la deriva, o con los mercados de futuros que no se refieren a los arcanos escrutinios de los horóscopos o el juego de la güija. El genial Nabokov escribió que el futuro no es más que una figura retórica, un espectro del pensamiento. Como en la economía, donde se distorsiona la realidad con los fantasmas del mañana y la especulación del lenguaje. Ya saben, esas distracciones que hablan de crecimientos negativos, reducir para crecer, contraer para expandir, recortar para mejorar, eliminar para gastar, pagar para dejar de recibir, ayudar al acreedor a costa del deudor, rescatar a la habitual unidad de rescate o cambio de paradigma por ciclos irregulares.
Sólo nos queda refugiarnos en los libros para entender tal galimatías. Puede que la verdad se esconda en unos versos escritos cuando España era imperio y era experta en asuntos de poder, dinero e influencia, eso que ahora se llama globalización. Descubran cuánto de sociedad líquida en crisis, cuánto de contrabando de falsos bebedores de té, reside en la vieja pieza gongorina del “ándeme yo caliente y ríase la gente. Traten otros del gobierno, del mundo y sus monarquías, mientras gobiernan mis días mantequilla y pan tierno”. O pensando en los gélidos vientos que ahora nos vienen del norte, aquello de Quevedo de “pues al natural destierra, y hace propio al forastero, poderoso caballero es don Dinero”.
A este respecto, es útil recordar que el tiburón es uno de los seres vivos más singulares del planeta. Duerme con los ojos abiertos, con una parte del cerebro que reposa mientras la otra vigila. Sobrevive desde hace más de 450 millones de años, en los que ha desarrollado notables habilidades en ataque, velocidad, silencio y fortaleza de sus mandíbulas. Ya estaban ahí cuando los dinosaurios imponían su ley, aunque les sobrevivieron por su capacidad de adaptarse, moverse, nadar contracorriente en un estado permanente de transitoriedad, individualistas, sin dependencia de normas ajenas, sin vínculos sociales, sin responsabilidades ni afectos, en un tiempo presente sin futuro. Ahora gustan de ostentosos tatuajes y vehementes adminículos dorados, o de exclusivos trajes, que difícilmente ocultan su correosa piel. Según su condición escogen a sus piezas. Adquisiciones, privatizaciones, adjudicaciones, comisiones, diversiones fiscales, reestructuraciones, contrabando ideológico o expropiaciones, son algunos de sus éxitos más sonados.
Hablamos de una economía poseída por espectros y jerigonzas. El concurso ideal en una economía diseñada para bípedos expropiados de su propia voluntad de destino, donde los tiburones dominan y gozan del estado acuoso de la realidad. ¿La mejor solución? Una bastante antigua y extraordinariamente vigente, la de Macías Picavea en su obra Los males de España, “¿no es de las grandes crisis el vencer las grandes dificultades? ¿No saben? Pues, ¡a aprender! La necesidad aprieta y aguza el entendimiento. Todo es cuestión de buena voluntad en una y otra parte. Si la inmensa mayoría no sabe, habrá una inmensa mayoría que sepa”. Pues eso.


Autor: Algón Editores